Me encanta pensar que la luna es una gata que cautiva hasta el tono más frío. Hoy lo ha hecho.
Y sólo cuando las fuentes lanzan licores que terminan ardiendo de madrugada. Escuece, supongo.
El extraño olvida su nombre. Y yo el mío. El sueño no se dilata. Tiene demasiado corta la mecha.
Hablando del tiempo.
De hoy no queda nada, y de mañana tampoco. Seguro. Quizás un anillo sin fecha por detrás o una colilla manchada de carmín en el cenicero.
Curvas y líneas. Sombras.
Lagartijas expuestas como extranjeros al sol. Una escalera de madera que lleva a un precipicio cercano al mar. No está mal.
Nombres grabados en las paredes de las calles.
Persianas bajadas que esconden humo tras ellas.
Una habitación a oscuras donde no corre ni el aire ni la luz. Ventanas con gotas de vaho.
Una voz preciosa susurra una canción en inglés.
Ver arder el alba.
Cambio en el compás y en los acentos. Nuevo ritmo. Ritmo libre.
Hace ya algún tiempo era una tierra de pasión. Ahora “si fuera un rancho, me llamarían tierra de nadie”…
¿Dispuesta? No lo sé.
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