No tan deprisa.

Se acumulan los acordes en las teclas de un piano desafinado, mientras las aceras de cualquier lugar empiezan a tomar el color del invierno. Falta poco para que el sol se rompa junto con las sandalias. Fue en una calle perpendicular a la despedida, y fue cuando, supongo, se reiría...

Creo que no es un fallo del viento que me arrebate las estaciones antes de lo previsto, ni de los meses, ni siquiera del tiempo, que casi siempre es el que acaba mal parado.

La esencia de la vida se aleja, con prisas, como si no llegara a coger el último autobús, como si fuera un hielo que se deshace en una tarde de verano, como si la encerraran en el ayer.

Siente calor después de una siesta, se adormece si mira a un punto fijo en el infinito, o si se encuentra con la mirada apasionada del fuego. A veces se hace unas alas de papel, como quien hace una grulla, para alcanzar su castillo en las nubes, pero otras se tropieza, aunque, hasta ahora, siempre ha conseguido salvarse. La vida abandona la inocencia entre una cerveza y el olor a tabaco, mientras cae, al mismo tiempo, como manzanas maduras del manzano. 

Y así la vida pasa: a veces corriendo, a veces demasiado lenta, otras sin pausa siguiendo un ritmo constante.

Pero siempre te susurra aquellos días de Septiembre en el oído, como si siempre le quedara París.

Agrietada.



Esas miradas que a veces rasgan, un viernes en estado de espera, como la canción, un vaso medio lleno (o medio vacío) de canciones pasadas.

La ventana guarda ese corazón que nace cuando echas vaho (o valor), saca la noche y deja entrar la mañana, aunque sigo soñando con la luna de Escorpio, encerrada entre constelaciones.

Sorpresas, aunque quizá no tan sorprendentes, que te roban los versos, como ocurre con el sinsentido de nuestra última... ¿caricia? Dejémoslo en roce.

Así aprendes a desligarte de los colores, de la belleza, aunque te escuezan los ojos y las lágrimas sepan a agua de mar pero suavizada.

Creo que nunca he tenido la voz tan quebrada.