EL PRÍNCIPE DE LAS MAREAS
Yo crecí lentamente, entre las mareas y marismas de una isla en la costa de Carolina.
Vivíamos en una casita blanca que mi tatarabuelo, Winston Shadram Winwood, había ganado en una partida de tiro de herradura.
Hay familias que viven toda su existencia sin que les ocurra algo con un mínimo de interés. Siempre he envidiado a esas familias.
Yo era hijo de una mujer bellísima y de un camaronero.
Estaba enamorado de la forma de los barcos. De pequeño, me encantaba navegar en el barco camaronero de mi padre, entre los bancos de arena. Supongo que Henry Winwood habría sido bastante buen padre si no hubiera sido un hombre tan violento.
De mi madre heredé el amor al lenguaje y el aprecio de la naturaleza. Ella era capaz de convertir un paseo por la isla en un puro viaje de descubrimiento. De niño, me parecía la mujer más extraordinaria del mundo. No fui el primer hijo que se equivocó sobre su madre.
No sé cuando mis padres se declararon la guerra mutuamente, pero sí sé que los únicos prisioneros que tomaban eran sus hijos.
Cuando mi hermano, mi hermana y yo necesitábamos escapar
ejecutábamos un ritual: descubrimos un mundo silencioso y relajante donde no existía el dolor. Un mundo sin madres ni padres.
Formábamos un círculo encadenados por carne, sangre y agua.
Y sólo cuando nuestros pulmones iban a traicionarnos ascendíamos hacia la luz. Y hacia el temor de lo que nos acechaba en la superficie.
Todo eso ocurrió hace mucho tiempo: antes de que yo prefiriera no tener memoria.

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